Dionicio Cerón: la convicción de un hombre extraordinario

Por: Alicia Martínez

Izamal, Yucatán | 22 de diciembre de 2025.- Comenzaba una leve llovizna entre fachadas amarillas y el eco de corredores que llegaban desde distintos puntos del país para participar en la carrera en honor a los grandes atletas del sureste. Dionicio Cerón me recibe con amabilidad, su pequeño hijo se sienta con nosotros. La leyenda del maratón ha tenido una agenda apretada en los últimos días que ha pasado entre Quintana Roo y Yucatán.

Comenzamos la charla hablando de este año que está por concluir; no fue un año cualquiera, fue la conmemoración de tres décadas de triunfos que lo elevaron al más alto nivel del atletismo mundial. Su figura sigue inspirando. No solo por los récords o por las victorias, sino por la historia humana que lo antecede: la de un niño forjado en la adversidad que transformó el dolor en disciplina, y la disciplina en grandeza.

El origen de un campeón

Dionicio nació en la Ciudad de México, pero a los cinco años y medio llegó a Santa María Rayón, el pueblo de sus padres ubicado en el sureste del valle de Toluca, lugar que adoptó como propio y que hoy alberga un deportivo con su nombre. “Mi vida fue la de un pequeño que no tenía ni idea de lo que podía llegar a ser”, recuerda. Creció en una familia fracturada, sin un padre presente y bajo un entorno de maltrato. Desde niño aprendió a no depender de nadie: quizás por eso los deportes de conjunto nunca le atrajeron.

A los 13 años corrió su primera carrera. No entrenaba, no sabía correr, no tenía técnica. El 12 de diciembre, empujado por su amigo Chanito – un pequeño veloz que lo animó a competir – llegó en el lugar 29 de 32. El Estado de México era entonces el semillero del atletismo nacional, cuna de olímpicos. Al verlo llegar tan atrás, alguien se burló: “¿Para qué corres, si eres bien malo?”.

Cerón no se enojó. No levantó la voz. Solo pronunció una frase que entonces parecía absurda, pero que brotó desde una gran convicción: “Porque voy a ser el mejor del mundo”.

No tenía idea de lo que significaba ser el mejor. Pero lo dijo firme, tres veces. Esa convicción sería el motor que, años más tarde, lo llevaría a conquistar su lugar entre los grandes fondistas del mundo.

“Siempre he tenido compromiso conmigo. Si yo estoy bien, los que dependen de mí van a estar bien”, explica. Esa filosofía lo llevó a entrenar en jornadas dobles, incluso si eran las dos o tres de la mañana y aún no había completado su sesión del día. Bajo lluvia, frío, oscuridad, siempre avanzó.

Le pregunto por Londres. La escena sigue viva en su memoria: 1995. El cruce de meta. El cronómetro marcando 2:08:30, récord del evento. Cerón había remontado 65 segundos en las últimas cuatro millas, algo que jamás había sucedido. Alcanzó primero a un portugués casi al kilómetro 41; luego, con un cierre explosivo de 600 metros, construyó una victoria que lo convirtió en leyenda al ganar el Maratón de Londres por segunda ocasión, algo inédito en aquel entonces.

“Ese día le cumplí a David Bedford, el director de la carrera. Le había dicho que si me contrataba, iba a ser el primero en ganarla dos veces seguidas”, recuerda. Bedford terminó en el hospital con un preinfarto y le rogó que no lo hiciera sufrir otra vez. “Es imposible lo que hiciste”, le dijo. Pero Cerón sabía que su preparación no era la de un maratonista común: él entrenaba para los últimos siete kilómetros. Ahí se decidía todo. Cerón lo logró por tercera vez al año siguiente.

Aunque tuvo algunos entrenadores, siempre fue un corredor autodidacta. Solo tres meses trabajó con un entrenador polaco, Tadeusz Kepka, experiencia que califica como “meses perdidos”. Aprendió más observando, leyendo y probando métodos por su cuenta. Esa independencia definió su carrera.

Y aunque logró récords, títulos y hazañas que lo pusieron en la élite mundial, reconoce con honestidad que le quedó llegar a su meta máxima: una medalla olímpica. “Mi capacidad física no me dio para ser olímpico, pero soy feliz. Logré la mayoría de cosas que un atleta quisiera”, acepta sin rastro de amargura. Cerón representó a México en los Juegos Olímpicos en dos ocasiones, Barcelona 1992 donde no pudo completar la prueba, retirándose antes de finalizar la carrera, y Atlanta 1996 obteniendo el lugar 15.

El adiós en el punto más alto

Dionicio tomó una decisión que pocos atletas se permiten: retirarse en su mejor momento. “Quiero que mis hijos y la gente a la que he servido recuerden a una persona íntegra en su nivel más alto”, dijo cuando le preguntaron por primera vez cuándo dejaría el atletismo.

Y cumplió. Se fue cuando aún era figura, cuando aún podía ganar, cuando su nombre seguía resonando en Europa y América Latina. Dejó el atletismo competitivo para priorizar a su familia, llevando consigo no solo medallas y marcas, sino el respeto de quienes lo habían visto correr.

Comenta que cuando ve a sus hijos sentirse orgullosos al ver su nombre en aquel Deportivo de Rayón, ese es uno de los logros que más atesora. “A lo mejor en el futuro alguno de mis descendientes también será deportista y lo hará muchísimo mejor que yo”, dice con una disimulada sonrisa.

Hoy, todavía recibe muestras de cariño donde sea que se presenta. “La gente me lo demuestra en cualquier país, en cualquier circunstancia”, asegura agradecido.

Al hablar del presente, Dionicio es directo: la tecnología no reemplaza el trabajo duro. Ni los tenis más avanzados, ni los geles, ni la ropa técnica pueden convertir a alguien en atleta de élite si no hay disciplina.

“Para lograr ser un atleta excepcional, hay que ser excepcional en tu comportamiento”, afirma. La excelencia no se compra: se entrena, se vive y se sostiene con determinación.

Cuando le preguntan cómo quiere ser recordado, responde con calma: “Como la gente quiera. Y si no me recuerdan, no hay problema”.

Dionicio Cerón pertenece a esa rara estirpe de atletas que construyen su grandeza desde la humildad, desde la dureza de la vida, desde la convicción de que el verdadero triunfo empieza mucho antes de cruzar una meta.

Crédito fotografías: archivo de FB de Dionicio Cerón

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